No te he dicho jamás que eres un buen chico, me parece que no eres tan feo y quizá un poco inteligente, no puedo negar que por momentos has sido un tanto brillante y por muchos otros te convertiste en una sombra proyectada por nada; algo así como un fantasma de los que no se ven y por lo mismo no causan terror en nadie. ¿Para qué sirve un fantasma invisble? ¿Por qué he de existir si los demás me ignoran? Durante algún tiempo creíste en el destino, en señales mágicas que anunciaban tu éxito final a pesar del camino sinuoso en que te encuentras. Ahora la realidad es otra, el ecepticismo se ha apoderado de tus ilusiones y lo único que importa es caminar para llegar a algún lugar, ya no caminar por caminar; caminar por que las hojas en otoño caen mientras lo haces; caminar por que de vez en cuando una mujer hermosa es una posibilidad de conquista furtiva, lejana al sonido de la costumbre. Y entonces ocurre que te cruzas con un auto que interrumpe la marcha y cesan los pensamientos autocríticos ¡Déjalos! ¡Vuelve a la realidad y enfrenta tu materealismo urbano! – El camión no estaba muy lleno, Martín no acostumbraba viajar en contraflujo, en un camión lleno de jubilados, amas de casa y ociosos. La inseguridad lo hacía hablar consigo mismo de vez en cuando. Tiempo atrás eran conversaciónes con un cómplice inconciente, de poco en poco se transformaron en una feróz autocrítica.
Cuando niño las cosas no habían sido más fáciles, el terror de perderse en el supermercado sólo fue sustituido con otros temores proporcionales al tamaño que el tiempo le asignaba a su cuerpo. Todo era fantástico, el miedo y la alegría. Con los años quedan los recuerdos que pasan sin hacer ruido por una mente ocupada: En la casa de la abuela había un sillón individual frente a la vieja televisión, en una habitación sin puerta unida a la sala, lo recordaba muy bien por que ese escenario era el objetivo final de un plan maestro. Por la mañana finjía fiebre y cansancio, tosía un poco y cerraba los ojos, con ello olvidaba la escuela por un día. Su madre, que siempre sufrió las enfermedades de su hijo sola y sujeta al deficiente seguro social, lo llevaba a casa de la abuela mientras acudía al trabajo. Al fin, el sillón, la televisión, las caricaturas que, paradójicamente, sólo programan por la mañana, mientras los niños sufren de repetir planas en un cuaderno infinito. Sentado en el sillón atendido por la abuela, esuchando a lo lejos la olla de presión y un aroma de frijoles preparándose para ser comidos más tarde. ¿Cómo puede ocurrir semejante placer en la misma realidad donde algunos insensibles programan las caricaturas por la mañana? Y solo para ganar más dinero por la tardes y noches con un público morboso que espera ansioso el adulterio y el sexo reconciliatorio de los personajes - tal vez una dosis de caricaturas y aroma de frijoles podrían cambiar el mundo – pensaba Martín, de nueve años, sin saber aún cómo decirlo o escribirlo.
El camión en contraflujo era un acto de rebeldía personal, rebeldía contra esta realidad distorsionada y contra sí mismo; contra el escepticismo y la pérdida gradual de identidad de los que crecen sin recordar la niñez. Aquella mañana había decidio escapar y estaba decidido a hacerlo, viajar hasta el final de la ruta y a través de una ciudad inmensa; aquella mañana acudió al abandono, al acetismo.

































